Es la primera vez que escribo sobre este tema, pues nunca antes había salido más allá de las conversaciones con mis círculos más íntimos. Óscar es una historia, es una intención, un gesto, una realidad que por desgracia es mucho más frecuente de lo que imaginamos.

¿Te imaginas levantarte un día y darte cuenta que lo has perdido todo? Casa, pareja, trabajo… Verte sin absolutamente nada.

Óscar es una persona como tú y como yo. Óscar es un tipo al que la vida últimamente no le ha sonreído como esperaba. Óscar es la realidad que viven muchos, una realidad ignorada y silenciada por otros.

Dicen que para que unos tengan más, otros tienen que tener menos. Un equilibrio injusto, algo que por mucho que tilden de real quienes están acomodados, no deja de ser una gran putada.

Nadie debería pasar por lo que está pasando este hombre. Todos tenemos derecho a un jodido bocadillo, agua y un techo. Y mucho más a tener la posibilidad de alcanzar la felicidad, esa misma felicidad tan particular que buscamos todos los que tenemos un mínimo de comodidades en esta vida tan perra y egoísta.

Óscar ahora mismo tiene pocas herramientas para ser feliz, y muy pocos motivos para mantener la fe, y sin embargo, mantiene el tipo junto a una sonrisa de oreja a oreja. Sinceramente, yo no sé si sería capaz de hacer lo que hace este hombre.

Cuanto menos tienes, menos opciones tienes de recuperarte… Es duro pero así es.

No tiene casa, ni ingresos mensuales. Tampoco percibe ningún tipo de ayuda y apenas puede mantener su higiene y salud, ya que al no existir domicilio no hay ducha, retrete ni un fogón en el que poder calentar una sopa o cocinar unos simples macarrones. ¿Triste verdad?

Busca trabajo desesperadamente, es culto y aparenta ser eficiente trabaje en lo que trabaje. Se levanta todas las mañanas y recorre las calles de Alicante en busca de una oportunidad laboral, imprime su currículum y busca cualquier ocasión para salir de la mierda de situación en la que se encuentra. Situación que no le corresponde, te das cuenta de ello nada más conocerlo.

Por si fuera poco, tiene un niño pequeño con el que se le cae la baba. No hay madre, ni está ni se le espera. Tampoco hay arrepentimiento del pasado ni lágrimas de abatimiento por la situación en la que se encuentra. Situación que no había ni imaginado en sus peores pesadillas, te lo aseguro. Solo hay esperanza por un mañana mejor.

Óscar se levanta todas las mañanas de la casa sin paredes a medio construir en la que duerme, sin luz ni agua, para ir a despertar a su hijo, darle el desayuno y llevarlo al colegio. Después “se va al trabajo”… ¿Le contarías la verdad a un nene de 9 años? Pues eso… Tiene que ser duro, ¿No crees?

Paga el alquiler de un piso todos los meses, un piso que no puede disfrutar ni apenas mantener. Se las ve y se las desea para reunir lo que para algunos resultaría una cantidad ridícula. Lo hace por su hijo y por su hermano, ambos a su cargo, pues este último tampoco puede trabajar debido a una enfermedad.

Sin embargo, no pierde la esperanza de que habrá un mañana mejor. Consciente de todos los impedimentos que se va encontrando en su camino, este héroe se levanta todas las mañanas con la intención de mirar de cara a la realidad y sacudirla hasta volver a ponerla a su favor.

De una vida normal, a un mes de casarse, con trabajo y planes de futuro… a depender de la caridad de los demás en otra ciudad.

Óscar no bebe alcohol, tampoco consume drogas ni tiene adicciones salvo querer con locura a su hijo pequeño, pues es el único motivo que le hace mantenerse entero.

La vida le dio la espalda, le hizo lo que nos puede hacer a cualquiera en cualquier momento, solo que nosotros todavía no nos hemos dado cuenta de la fragilidad que nos rodea.

Cómo lo conocí…

A veces, cuando vengo del trabajo cansado y se ha hecho muy tarde, cambio el itinerario de vuelta, cruzo el centro y me detengo en la puerta de un 24 horas, me compro una bebida energética y retomo mi camino hacia casa deseando encontrar aparcamiento rápido para llegar cuanto antes a la cama.

No conocía a Óscar, pero me llamó la atención su presencia en el exterior, leyendo un libro sentado en el bordillo de la cristalera del local. Tenía un pequeño cartel que se apoyaba en su desvencijada mochila en el que ponía: “Te puede pasar a ti”

Durante todos estos meses que lo conozco, aun no lo he visto pedir un solo céntimo a nadie. Me confesó entre lágrimas que se muere de vergüenza, es consciente de la situación en la que se encuentra pero no es capaz de pedir, pues se hundiría moralmente.

Se queda sentado y si alguien le deja algo, levanta su mirada del libro y exclama un cálido:

“Muchas gracias, que Dios le bendiga”

Eso fue justamente lo que me llamó la atención; su amabilidad y aparente tranquilidad.

Durante días despertó en mí la necesidad de saber más acerca de ese hombre, de conocer un poco más de su vida, quería conocer el porqué de su situación, pues reunía todas las condiciones para pensar que esa persona no llevaba mucho tiempo así.

Y así fue, mientras que la mayoría se conforma y siente bien dejando unos céntimos, yo di un pequeño paso más, algo que nunca había hecho antes. Le dejé algo más de dinero, le invité a que cogiera un sándwich y bebida. Me negaba todo, que no era necesario, pero al insistir, me pidió cambiar la bebida de su cena por un cartón de leche para su hijo…

Antes de llegar a casa, di la vuelta, sentí que ni mucho menos era suficiente, esta vez no. Había algo que me obligaba a dar la vuelta.

Eso hice, volví para hablar con él. Dejé el coche delante del local, mal aparcado y salí a su encuentro de nuevo. Se quedó sorprendido de mi retorno y aún más cuando observaba que me dirigía directamente hacia él.

Nunca olvidaré su reacción, quedará grabada en mí la imagen del agradecimiento sincero de una persona que valora un gesto que para muchos nos puede resultar insignificante.

Me acerqué a donde se encontraba sentado y le propuse un trato, algo que se me ocurrió durante los segundos que tardé en dar la vuelta:

“Me gustaría que hiciéramos un trato entre tú y yo: Si te parece bien, como ahora mismo creo que las cosas me van mejor a mí que a ti, ¿Qué te parece si te ayudo con lo que pueda, y cuando te recuperes y estés mejor que yo, lo haces tú conmigo?”

Sus ojos se abrieron como platos. Tenía una expresión que nunca se me borrará de la memoria. Óscar se levantó atónito y pidió que le explicara nuevamente qué era lo que le estaba proponiendo, pues todavía no era consciente de lo que le estaba pasando.

Como si le hubiera tocado la lotería. No sabía lo que le iba a dar ni ofrecer y su reacción de agradecimiento e impotencia por verse en esa situación ya se hacían más que visibles.

Con los ojos húmedos de quién acaba de recibir una noticia realmente alegre, me recalcó varias veces que no era necesario, que bastante hacía dejándole las pocas monedas y comida que había depositado minutos antes.

Pero como soy un cabezota empedernido y era la primera vez que demostré tener los suficientes huevos para pasar de las intenciones que solemos tener todos…a hacerlo, no me iba a conformar con haberlo intentado. Hasta que no le convencí no me marché.

Desde aquél momento, visito a Óscar con frecuencia y me quedo con él un rato hablando de cómo le va la vida. Cada vez que voy, espero que me cuente una nueva noticia positiva. Con mi ayuda y la de otros vamos dando pequeños pasitos y estoy convencido de que poco a poco saldrá de la situación en la que se encuentra.

Puedes colaborar, si quieres, desde el siguiente enlace.

Compártelo...Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedIn